sábado, 14 de febrero de 2009

Ay amor, como me has ponido, triste, flaco y descolorido




Si en algo no ha podido ponerse de acuerdo la humanidad es en el significado del amor, cada generación, cada especialidad tiene su propia definición desde el que lo considera como un sentimiento puro, único e irrepetible (nadie ha amado como yo, diría el poeta), quien busca en los arcanos de la ciencia reducirlo a una mera formula química y lo equipara mas que a un sentimiento como el odio o la alegría, como a una necesidad instintiva como comer, además de un productor magnifico de endorfinas y hay hasta quien supone que tenemos la capacidad de amar como una prueba de que Dios nos ama y como, nos platican, estamos hechos a su imagen y semejanza, pues esto implica una prueba innegable de la existencia de Dios.

No participare en estos alegatos ya que no soy científico ni teólogo y mucho menos poeta, profesión esta última bastante más digna y difícil que las dos anteriores.

Mi comentario va encaminado a aquella parte del amor que no es la más vistosa ni la más emocionante, no implica romanticismo ni regala flores. A esa etapa del amor que ya olvido la última serenata y que pone en la perspectiva adecuada el mercantilismo de días como el de hoy (y el día del padre y del maestro y del compadre y del plátano y hasta de la madre-dicho sea con perdón-).

Si San Valentín levantara la cabeza se avergonzaría de no ser totalmente palacio.

Me quiero referir al momento en que el amor hay que vivirlo, cuando se convierte en obligaciones, en la convivencia del día a día con alguien que aporta a ese amor sus propias creencias, modos y costumbres y estas se mezclan con nuestras costumbres adquiridas e inculcadas en nuestros propios orígenes y entran en pugna.

Nótese que ni siquiera nos casamos con alguien de la familia.

El amor se da cuando, con tiempo y trabajo se crea algo nuevo, una nueva casta con sus propias reglas, estilos y paradigmas, parecidos, nunca iguales a los heredados; Cuando creamos nuestra propia familia.

En la medida en que se van descubriendo y acordando las formas de actuar para todas las situaciones que se presentan en la convivencia, asuntos como que comemos, a donde paseamos, quienes serán nuestros amigos, a que colegio asistirán los niños, como equilibraremos las relaciones con las familias de origen, mientras mejor se planifiquen mas ayudaran al éxito de la aventura.

Todo ello con respeto a los demás pero ejerciendo plenamente (rabiosamente, si es valida la expresión) el libre albedrío que como pareja se debe ejercer. Podemos y debemos escuchar los consejos de los bien intencionados que nos quieren, pero la decisión es de la pareja ya que al final el resultado, cualquiera que este sea, se deberá a nosotros. Es una falacia culpar a los demás.

Vivimos el amor cuando cada quien cumple cabalmente con la entrega de lo que se ha acordado, alguno aporta los medios materiales -hoy tienen que ser los dos- , el otro los administra y cada quien pone lo mejor de su parte.

Amamos cuando lo que priva y permanece es el respeto, cuando nos enojamos y tenemos mecanismos que nos ayudan a no profundizar en la molestia y los usamos. Cuando fallamos, al fin humanos, y somos capaces de retomar el camino y podemos perdonarnos a nosotros mismos y a los demás y continuamos perseverantes en la búsqueda del objetivo básico, el plan de vida que soñó nuestra ilusión. Cuando actuamos coordinadamente en el cuidado y la educación de los hijos, especialmente con el ejemplo y cuando al paso de los años el amor se convierte en cotidiana, suave y querida compañía.

Pero sobre todo, amamos cuando permanecemos, cuando somos constantes, cuando estamos convencidos de que esta vida que nuestro amor ha creado es el eje en el cual sostenemos nuestra existencia, nuestra razón de ser y el motor que nos hace cumplir con las obligaciones adquiridas.

El cumplimiento de dichas obligaciones, con constancia, sin regateos, con cariño, es en mi opinión la prueba máxima de amor.

Si, es bonito dar y recibir flores y regalos por San Valentín, pero es más bonito vivir nuestro propio San Valentín, a la medida de nuestro gusto todos los días.

Y para que no se diga que no soy romántico les comparto un verso de amor de Mario Benedetti


Corazón coraza

Porque te tengo y no
porque te pienso
porque la noche está de ojos abiertos
porque la noche pasa y digo amor
porque has venido a recoger tu imagen
y eres mejor que todas tus imágenes
porque eres linda desde el pie hasta el alma
porque eres buena desde el alma a mí
porque te escondes dulce en el orgullo
pequeña y dulce
corazón coraza
porque eres mía
porque no eres mía
porque te miro y muero
y peor que muero
si no te miro amor
si no te miro

Porque tú siempre existes dondequiera
pero existes mejor donde te quiero
porque tu boca es sangre
y tienes frío
tengo que amarte amor
tengo que amarte
aunque esta herida duela como dos
aunque te busqué y no te encuentre
y aunque
la noche pase y yo te tenga
y no.






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